Selección del contratista y Abbie Conan

El diluvio de noticias sobre casos de corrupción sigue incitando a pedir urgentes cambios de actitud en los responsables públicos. Muchos especialistas abren sus paraguas de buenas ideas para ofrecer un refugio ante tanta desolación: que los propios funcionarios tengan la posibilidad de denunciar las prácticas de corrupción; que se intensifiquen los controles en la ejecución del contrato; que haya más transparencia y luz de las actuaciones de contratación… En este sentido, me atreví incluso en otro comentario anterior a recordar la idea de un panopticón que permitiera advertir con toda claridad cualquier actuación de la Administración.

Sin embargo, ha sido precisamente el hecho de distanciarme de la luz y refugiarme en la oscuridad, lo que me llevó a recordar una anécdota que podría ser utilizada para seleccionar al contratista y quizás evitar las bochornosas relaciones que se tejen entre algunos empresarios, conseguidores y representantes públicos.

Porque no sólo las Administraciones seleccionan colaboradores. También, por ejemplo, las orquestas. Y, como es conocido, ponen exquisito cuidado en esa tarea ya que mucho depende de la correcta selección de los instrumentistas. Que no se siga un buen ritmo de ensayos, que se toque una nota desafinada o a destiempo hace fracasar de manera inmediata la interpretación. Un fracaso rotundo porque no es conveniente suspender en medio de la audición una sinfonía, ni hay posibilidad de replanteos, ni modificados ni nuevas prórrogas.

Pues bien, quisiera recordar la anécdota de Abbie Connan, que se presentó en los años ochenta a la convocatoria para la selección de un trombonista en la Orquesta Filarmónica de Munich. Como daba la casualidad de que entre los más de treinta candidatos uno era hijo de un miembro de la propia orquesta, se acordó que las audiciones se realizarían detrás de una densa cortina. Así nadie podía identificarlos.

Las crónicas recogen que tras la interpretación de varios solos de trombón por Abbie Connan los integrantes de la orquesta decidieron no seguir con las restantes audiciones porque convinieron que era lo que buscaban. El Director, el renombrado Sergiu Celibidache, se levantó para felicitarle y descorrió la cortina… Y se dice que bramó en alemán, más o menos, con un ¡pero qué es ésto! Esperaba encontrarse al señor Connan y se encontró a la señora Connan. Es cierto que ya había otras mujeres en la Filarmónica, pero interpretaban instrumentos considerados más “femeninos”, no un contundente trombón. Se contrató a Abbie Connan, aunque las relaciones con el Director no fueron fáciles. Pero eso ya es otra historia.

Lo que ahora quisiera apuntar es que, sin perjuicio de reclamar la transparencia en la actuación administrativa, podrían también considerarse otras posibilidades con el fin de facilitar que la identificación de los aspirantes quedara oculta tras una cortina. ¿Cómo? Por ejemplo, separando la incorporación de los datos a un programa informático por un grupo de funcionarios que ocultara los elementos identificadores de las empresas. La propuesta de valoración la realizarían otros funcionarios especialistas analizando esos datos con sus propuestas. Y, en caso de empate, un sorteo. Preferible en un bombo público siguiendo nuestra tradición navideña, en lugar de que un programa informático, en el que se pueden introducir algunos parámetros que inclinen la balanza hacia algún favorito.

En el ámbito financiero es frecuente esa separación de funciones entre departamentos de las compañías y la obligación de que las secciones separadas no se transmitan información para evitar conflictos de intereses. Coloquialmente se denomina a esta obligación el establecimiento de una “muralla china”.

No deberían existir “conflictos de intereses” en el ámbito público, pues el interés perseguible ha de ser siempre el interés general. Pero ante tanta lluvia de corrupción debería insistirse en su protección y buenos garantes del interés general son los funcionarios responsables que actúan con rigor, objetividad e imparcialidad si han sido seleccionados por su capacidad, méritos y no deben su sueldo ni los complementos retributivos a la designación de un dedo.

En fin, siempre retornamos a la trascendencia de la función pública. Quizás si se ésta se protegiera podríamos prescindir de cortinas. Es más, podríamos soñar con bajar el telón que pusiera fin al pernicioso teatro de la corrupción.

 

 

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