«Yavé dijo a Moisés: el corazón del Faraón se ha endurecido y rehúsa dejar salir al pueblo. Preséntate al Faraón de mañana, cuando salga del baño, te haces el encontradizo con él a la orilla del río, teniendo en la mano el cayado convertido en serpiente y le dirás: Yavé, dios de los hebreos, nos ha enviado para decirte ´deja ir a tu pueblo, para que me sirva en el desierto´, y he aquí que hasta ahora no has querido escuchar. Así ha dicho Yavé ´para que sepas que yo soy Yavé voy a golpear con el cayado que tengo en la mano las aguas del río y estas se convertirán en sangre».
Así, por no «dejar ir a tu pueblo» , que es como decir ahora «por no convocar elecciones y dejarnos votar», empieza el relato de las plagas en el Éxodo del Antiguo Testamento que une, a esta de la sangre en los ríos, la enumeración terrorífica de la plaga de las ranas, la de los mosquitos, la de los tábanos «que llenarán las casas de los egipcios», aunque Yavé se reserva la exclusión de esta tragedia de la región de Gosen – ¿Cataluña? ¿el País Vasco?- donde no habrá tábanos; viene luego la plaga de la peste que enfureció al Faraón y tampoco «dejó salir al pueblo»; lo que ocurrió asimismo con la de las pústulas; y con la del granizo, momento en el cual el Faraón se apiada del pueblo hebreo y reconoce que «Yavé es justo» por lo que acepta dejar partir a los hebreos, pero enseguida se arrepiente – ¿por consejo de algún editorial de la prensa/alfombra?- y se vuelve a endurecer su corazón «y no deja salir a los hijos de Israel» (es decir, vuelve a rechazar la idea de convocar elecciones).
Entonces se desencadena la plaga de la langosta con efectos devastadores. Y, ya hartos, los servidores del Faraón – los asesores monclovitas y la plaga de enchufados- le dijeron «deja ir a esta gente ¿no te das cuenta de que Egipto camina hacia la ruina?». El Faraón se dejó convencer, pero solo aparentemente porque les supuso mala intención (es decir, el deseo de votar a los malos de la criptoderecha y la paleoderecha) por lo que volvió a la carga ordenando: «que no salgan los hijos de Israel» (que no haya urnas).
Con la plaga de las tinieblas pasó igual y solo con la de los primogénitos el Faraón cedió y eran los mismos egipcios los que apremiaban a los hijos de Israel a marcharse porque decían «¡vamos a morir todos»!
Luego viene lo del Mar Rojo ¡ya es casualidad el color! y todo lo demás.
Se habrá advertido la actualidad de este mensaje en relación con las desdichas que sufre esta España doliente.
Hemos vivido en estos años del «Pedrolato» nuestras aflictivas plagas: pandemia arrasadora, la nieve «Filomena», la erupción del volcán en la Isla canaria de La Palma, exterminadoras sequías a las que siguieron incendios violentos y ruinosos, la DANA de Valencia, el apagón eléctrico en toda la Península Ibérica y, de momento, la última, la peste porcina.
Tales plagas deben interpretarse como avisos del Cielo. Por ello, la prudencia aconsejaría tenerlas en cuenta y liberar al pueblo convocándole a las urnas ya que las consecuencias de estas catástrofes no han logrado ser subsanadas, como demuestra el hecho de que todavía gimen los afectados pidiendo ayudas y rellenando interminables formularios para obtenerlas.
Pero, si espeluznantes son los infortunios reseñados, peor traza e intención tienen las plagas originadas artificialmente, algunas de las cuales apuntamos ya en estas mismas páginas cuando describimos a nuestro Faraón casero, al que otorgamos el título de «Arquitecto de ruinas».
Y es que los destrozos están siendo de proporciones bíblicas – nunca mejor dicho- al afectar a la estructura, los cimientos y los arbotantes necesarios para sostener el Estado de Derecho.
La piqueta gubernamental insiste en derribar las estancias separadas que acogen los poderes del Estado para que existan equilibrios y contrapesos. Durante el «Pedrolato» hemos oido con estupefacción que se gobernaría «con o sin las Cortes» y vemos cómo la agenda del Congreso incluso se vacía, si conviene, por la celebración de una fiesta local (catalana, por supuesto). Transcurren meses sin que el presidente del gobierno comparezca en el Senado.
Por su parte, el maltrato de la función legislativa es pavoroso: así, los abusos en la aprobación de mastodónticos decretos-ley que acogen en su panza disposiciones sin observar la mínima coherencia, mezclando churras con merinas, o las triquiñuelas para impedir que proposiciones de ley aprobadas en el Senado puedan debatirse en el Congreso.
Llevamos años haciendo burlas a la obligación constitucional de presentar los presupuestos generales, y para atender necesidades perentorias se modifican y trasladan antiguas partidas haciendo mangas y capirotes de los controles, abatidos de forma tan progresista como alegre.
Si el poder legislativo se desplaza con andadores, en cambio padecemos no uno, sino varios gobiernos pues sus ministros votan de manera separada los proyectos de ley y, por supuesto, se pronuncian sobre cuestiones esenciales, cuando se desparrama su osadía, como les peta componiendo un pendenciero corte de mangas al propio presidente. Quien, por cierto, aprovecha su pasión por el celuloide para irse con ostentación a un cine cuando una ¡vicepresidenta de su propio gobierno defiende un proyecto de ley!
Es más: en las dependencias de la Moncloa se aloja otro gobierno paralelo (T. R. Fernández Rodríguez): una estructura gigantesca que reproduce la organización ministerial y donde acabamos de conocer que se ignoran las denuncias presentadas en los canales internos de información ante episodios de acoso o de corrupción.
Y si el desorden es mayúsculo en el gobierno central, no puede decirse que sea menor en las relaciones con los gobiernos autonómicos, espacio donde la lealtad institucional ha sido sustituida por la lealtad a la porfía y la camorra.
En las plagas vividas hemos presenciado la ausencia y/o el desinterés del gobierno de España: sirva el espanto que causa saber que ha habido ministros ajenos a las llamadas telefónicas del general Gan Pampols, esforzado gestor de la reconstrucción de las infraestructuras valencianas. Pero, sin embargo, ese mismo gobierno pacta con un partido político, el PNV, la prohibición de reformar la legislación electoral sin su aquiescencia, lo que ha llevado a un nuevo procedimiento de infracción del Derecho europeo, o la cesión de un Palacete en París por medio de un procedimiento «plagado» de irregularidades (Soriano García). O se despieza el sistema de selección de los secretarios e interventores locales, sin una meditación seria, simplemente por la coacción a la que está sometido el presidente más progresista del mundo, que instaura así – nadie lo dude- la vuelta a las peores prácticas caciquiles del pasado.
Una forma de gobernar que se extiende a la designación, como responsables de empresas públicas, de personas sin conocimientos ni experiencias que dejan millonarias deudas a pagar a escote, como ha explicado la Fundación «Hay Derecho». O que, en el colmo del desparpajo, cuando la Sala Tercera del Tribunal Supremo anula el nombramiento de la presidenta del Consejo de Estado por infringir las exigencias constitucionales, al día siguiente se nombra a la misma interesada consejera permanente, una forma de «ejecutar» la sentencia ciertamente creativa.
Nombramientos artificiosos que se han extendido al Tribunal Constitucional en el que se ha instalado una pasarela por la que se puede deambular cómodamente desde la filas del gobierno. Sus sentencias las anuncia incluso con antelación el presidente del gobierno en altanera humillación.
En fin, las plagas se ceban a diario con el poder judicial cuando vemos cómo ministros ignorantes o con conocimientos jurídicos parvularios se atreven a descalificar a experimentados magistrados del Tribunal Supremo. Y, como burla a los jueces, tampoco está mal la amnistía a un grupo de golpistas.
Si retomamos el expresivo relato bíblico, para salir de todos estos infortunios ¿liberará el Faraón al pueblo convocando elecciones? Y si tal ocurriera ¿se distraerá el pueblo con el becerro de oro de la corrupción y el clientelismo? Porque, si así fuera, sabemos las consecuencias: cuarenta años vagando por el desierto, tal como está escrito en el libro de los Números: ¡cuarenta años, vaya coincidencia!
FRANCISCO SOSA WAGNER y MERCEDES FUERTES
Publicado en El Mundo el día 24 de diciembre de 2025.
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