El fallido presidente catalán, ni una pésima opereta

Con trepidante agitación, como si algún guionista necesitara entretenernos con la sucesiva presentación de las escenas de una trama, se acumulan las noticias que proceden de Cataluña. La semana pasada atendimos a la presentación de una burda instancia para autoexcluirse de todo un sistema jurídico español y europeo; luego a la actitud afectada de su toma en consideración por la Mesa de la Cámara; después a la sensata iniciativa de varios partidos para paralizar un dislate que, sin embargo, el Tribunal Constitucional no atendió en todos sus extremos. Una lástima, en mi modesto entender, porque una cosa es la actividad política de debatir, que es fruto de la libertad de expresión y otra, bastante distinta, la votación de una propuesta sobre la que se hubieran podido adoptar medidas cautelares para impedir el bochornoso espectáculo de acuerdos tan fuera de lugar y tiempo. Y es que el propio Tribunal Constitucional en su sentencia que tiene como número 42/2014, de 25 de marzo, ya había considerado inconstitucional otra declaración de la misma Asamblea, en la que se pretendía resaltar la “soberanía” de solo parte de los ciudadanos que viven en Cataluña. Por ello cabe pensar que, ante el recurso que presentará el Gobierno en las próximas horas, el Alto Tribunal siga su doctrina.

Pero no existe tiempo de respiro mientras llega ese pronunciamiento y los requerimientos necesarios para que se cumplan. Los acontecimientos siguen empujando tratando de enjaretar un guión. Ahora la escena reclama la atención para elegir al presidente autonómico. Se requiere la mayoría absoluta en primera votación y, en su defecto, bastará una mayoría simple en una segunda que deberá producirse en el plazo de dos días (art. 147 del Reglamento del Parlamento). Si transcurren dos meses contados a partir de la primera votación y ningún candidato es elegido presidente, se disolverá la Asamblea y se convocarán elecciones (art. 67 del Estatuto de Autonomía).

Con inteligente humor hay quienes nos hacen sonreír ante tamaños disparates, como Arcadi Espada con su último libro “Diarios de la peste. Junts pel Circ” (Editorial El Funambulista, 2015). Pero pocas más sonrisas esbozamos ante los conflictos que suscitan tales actuaciones.

Sí pretenden sonreír quienes prometen la tierra de una nueva república. Sin embargo, como sabemos a través de Franz Lehar, nada grato es “El país de las sonrisas”. Recuerdo que esta opereta cuenta una amarga historia romántica, en la que la enamorada vienesa que se traslada a China advierte con gran decepción las nuevas costumbres a las que debería acomodarse y además siempre, por mucha molestia que le causaran, debía sonreír.

Quizás haya quienes como ciegos enamorados sigan las promesas de una nueva república en la que a nadie se persiga por crueles que sean sus delitos y se hayan indultado los casos que ahora nos espantan de gravísima corrupción; una república en la que algunos -sólo los elegidos- no paguen impuestos ni contribuyan desde la mínima solidaridad a la mejora de los servicios públicos… Algún elixir mágico debe existir para seguir de manera tan ofuscada, cuando la hoja de servicios que presentan tales responsables públicos no resulta nada lucida. Son sonrojantes los muchos dígitos que reflejan la situación económica de la Administración catalana.

Ni como una pésima opereta puede atenderse el desatino que se está sucediendo. Sobre todo, teniendo en cuenta que en Cataluña, entre sus gentes, existen relevantes problemas que resolver propios de una sociedad del siglo XXI. Hace unos días este mismo periódico anunciaba las graves dificultades con los obligados pagos a las farmacias así como a otros empresarios de servicios y suministros.

Sabemos de la intención del Gobierno de recurrir ante el Tribunal Constitucional. Pero sin perjuicio de tratar de paralizar esta patraña que no vale ni como opereta, deberían adoptarse medidas específicas para garantizar el correcto funcionamiento de los servicios esenciales. La actuación de los Interventores para analizar los pagos, así como la asunción directa de algunos cumplimientos, como ya ocurriera en el plan de pago a proveedores -lógicamente descontando luego esos recursos de las transferencias a la Administración autonómica-, serían, entre otras, posibles medidas a considerar.

Sonriamos y disfrutemos con las buenas operetas pero actúese para garantizar la buena prestación de los servicios públicos.

 

(Publicado en Expansión el miércoles 11 de noviembre de 2015).

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