Análisis clínico de España

Leer los resultados electorales es como diagnosticar a un paciente mediante un análisis clínico. De ellos se deducen claves para la terapia, supuesta la enfermedad que aqueja a España.

En esta consulta local y regional, la primera señal enviada por el electorado es la pérdida de respaldo del Partido Popular, lo que debería obligar a cambios drásticos en las próximas fechas que deberían incluir a la propia figura de su presidente. La segunda señal es la entrada de “Podemos” y “Ciudadanos” que van a dar aires nuevos al escenario español. Si se consolida esta tendencia, se generaría un alivio: pensar en el horizonte de poder desdeñar las ofertas -“desinteresadas”- que hagan a los gobiernos el PNV o CiU, ya es un panorama que atesora los mejores augurios.

Porque estas organizaciones han venido condicionando, gracias a un sistema diabólico, la vida de todos los españoles y hora era ya de que empezáramos a librarnos de esta pegajosa compañía. Decimos esto sabedores del compromiso que con España tiene un partido como “Ciudadanos” y con la esperanza de que “Podemos” se aclare y admita que los nacionalismos son el territorio que pastorean las peores “castas”.

La tercera señal es el obligado recurso a los pactos como herramienta del quehacer político. Los ha habido en el pasado, ahí están como testimonios, los alcanzados con los nacionalistas vascos y catalanes. La novedad en esta hora post y preelectoral es que los partidos que han “escoltado” la democracia española han perdido fuerza y esa circunstancia, si se confirma, generalizará, por todos los rincones de España, la necesidad de acuerdos entre las fuerzas políticas.

Si los ciudadanos se habitúan a ellos, la estéril división del discurso español en izquierda y derecha, que conduce a un macizo sectarismo, irá ocupando su lugar apropiado y se acabará aceptando la existencia de pactos variables con una cierta temperancia. Tal como ocurre en otros países, caso muy singular el de Alemania, país descentralizado como el nuestro, donde los partidos trenzan alianzas en la Federación (es decir, en Berlín) y en los Länder de acuerdo con las exigencias de cada circunstancia. A más de un ingenuo socialista español le resultará sorprendente enterarse de que el gran icono de la socialdemocracia europea, Willy Brandt, gobernó con los liberales y lo mismo hizo su sucesor Helmut Schmidt. Hoy día conviven en el gobierno alemán las dos grandes familias políticas.

Cuando entre nosotros se expresan reticencias ante la idea de entrar en los gobiernos, porque se cree que un asiento (“poltrona”) en una Comunidad autónoma o en un Ayuntamiento es sinónimo de cambalache, también conviene tener presente que las alianzas trenzadas por los partidos “pequeños” en Alemania no han implicado cuestionar su función ni han quedado teñidos con una mácula ideológica indeleble. Siguen teniendo su razón de ser y haber formado parte de coaliciones como hermanos menores no ha supuesto su reclusión a un papel subalterno. Por el contrario, con más o menos puntería, han sido capaces de delinear unas políticas propias en el marco de las coaliciones a las que han pertenecido que luego han sabido “vender” en las contiendas electorales.

Estas enseñanzas son buenas para nuestro pobre argumentario político porque ponen matices allí donde hay lugares comunes.

Ahora bien, la clave para que estas alianzas sean serias, es que estén fundadas en sólidos “contratos de gobierno”: documentos sesudos que recogen el programa a desarrollar. Elaborados, en primer lugar, por los especialistas de las formaciones políticas, es decir, por las personas que entienden de energía, de sanidad, de telecomunicaciones etc. Y que, después, son avalados por los políticos. En negociaciones que duran semanas, que no son fruto de una comida ni de encuentros fugaces ricos en palabrería y pobres en sustancia. Procedimiento éste deseable cuando lo que se pretende es respaldar a un gobierno sin entrar a formar parte del mismo.

Queda luego la pedagogía: exponer con claridad a los ciudadanos los acuerdos alcanzados y explicar de qué forma van a incidir en sus vidas.

Finalmente no está de más poner un poco de moderación en las expectativas creadas porque siempre serán muchas las dificultades para convertir en realidad lo soñado. Para ello lo más estético es repetir con Lope de Vega que “no hay deseos cuerdos con esperanzas locas”.

 

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

Publicado en Expansión el día 25 de mayo

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