Acercar el horizonte para conectar Europa

Anunciaba hace días Joaquín Almunia, Comisario europeo de la competencia, las autorizaciones para permitir fusiones de varias empresas -la compra de la alemana E-Plus por Telefónica, o de Ono por Vodafone-. Decisiones importantes porque facilitan los pasos en la buena dirección que busca consolidar el mercado europeo de telecomunicaciones e, incluso, podrán espolear cambios en este sector tan esencial en nuestros hábitos y negocios.

Resulta innecesario citar estudios estadísticos para reconocer el retraso con relación a los Estados Unidos o algunos países del sudeste asiático en la extensión de redes de infraestructuras de telecomunicaciones, de la tímida implantación de nuevas tecnologías, de las limitadas ofertas de acceso a Internet, de la gran brecha digital y de desigualdad entre tantas zonas de Europa… o, lo que a mi juicio es también preocupante, la persistencia de fronteras entre los países europeos porque la regulación y los mercados se mantienen fragmentados. El coste por las llamadas y descargas en itinerancia es sólo una pequeña anécdota.

A este resultado no se ha llegado sólo con la voluntad de los gobiernos de los Estados miembros, siempre celosos de defender sus competencias en este atractivo sector. La Comisión europea también ha colaborado en el mantenimiento de esta situación. Es cierto que ha presentado muchos documentos y planes y propuestas señalando remotos horizontes: el veinte-veinte; el dos mil treinta, el dos mil cincuenta… Pero tales horizontes se presentan como espejismos de futuro, ensoñaciones que engendran gran actividad y agitación. Y, mientras tanto, junto a estos distantes objetivos, las directrices inmediatas se han centrado en mantener los mercados nacionales, dificultando operaciones empresariales que hubieran abatido fronteras.

Nadie niega las ventajas que ha traído la competencia en el mercado de las telecomunicaciones, así como el gran papel que han jugado las empresas medianas y pequeñas, las empresas locales, las “virtuales” que no cuentan con una red propia, los proyectos que aprovechan el espectro de uso común y facilitan el acceso gratuito a Internet. La comunicación abierta se ha beneficiado mucho de todas estas iniciativas. La apertura de la competencia ha sido valiosa. Pero, al mismo tiempo, porque hay muchos mercados, porque hay diversas necesidades y posibilidades, porque son variados los intereses ciudadanos y comerciales, resulta imprescindible la existencia de empresas fuertes y sólidas de ámbito europeo. Las recientes decisiones adoptadas pueden engendrar un revulsivo.

Es bueno tener cierta idea de hacia dónde se quiere ir, de marcarse unos hitos como pretende la Comisión, pero éstos han de culminarse si no se quiere perder la autoridad y correr el riesgo de que nos saquen los colores por tantos planes, índices y porcentajes que teníamos que haber cumplido en años anteriores y que han quedado olvidados, ocultos con el peso de nuevos documentos que nos quieren distraer la mirada con el año dos mil cincuenta.

Sin llegar tan lejos, aspiraría a avanzar en el objetivo que marca el horizonte veinte veinte, cuando “a más tardar todos los europeos deben tener acceso a Internet a velocidades superiores a 30 Mbps y el cincuenta por ciento o más de los hogares europeos deben estar abonados a conexiones de Internet de velocidad superior a 100 Mbps”. Acercar esos objetivos supondría reducir las diferencias con las conexiones que existen ya en otras sociedades civilizadas.

Urge por ello permitir que algunas empresas de telecomunicaciones se expandan, darles confianza, armonizar este Derecho fragmentado y facilitar sus inversiones. Por ello la importancia de las recientes decisiones. Porque, frente a esos horizontes lejanos, estas decisiones cercanas que autorizan la fusión de empresas dentro de Europa contribuirán a fortalecer el capital para afrontar grandes inversiones que se planificarán desplegando ya el mapa europeo y no sólo el nacional. Anudarán más infraestructuras transfronterizas y multiplicarán las conexiones a los ciudadanos. Una buena forma para consolidar la Unión Europea.

Junto a estas decisiones, será conveniente contribuir con algunas ayudas. Recientes Reglamentos europeos, como el que prevé “conectar Europa” (de 11 de diciembre de 2013) o el que establece orientaciones para las redes transeuropeas de telecomunicaciones (de 11 de marzo de 2014) anuncian instrumentos de financiación, aun cuando manejando unas cuantías que, ciertamente, no parecen muy abultadas.

La nueva Comisión europea debería afrontar con valentía esas inversiones, pero también propiciar la emisión de “eurobonos” ligados a estas infraestructuras. Unas emisiones abiertas en las que pudieran invertir libremente ciudadanos y empresas, y no sólo inversores institucionales.

Con la consolidación de empresas europeas, con la participación de los ciudadanos en las inversiones, con el disfrute de mejores conexiones entre los ciudadanos, se hace Europa. Ese sí es un atractivo horizonte para combatir a tanto euroescéptico que pretende la desconexión de Europa.

 

(Publicado en el periódico Expansión)

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