Salvador de Madariaga y el negocio del fútbol

El negocio del fútbol profesional tiene el privilegio del éxito, cuenta con un irresistible imán y consigue alzarse con el trofeo de la preferente atención deportiva, desplazando a otras modalidades competitivas. Es más, conquista el interés de otros espacios de información económica o política y abre en muchas ocasiones los boletines de noticias.

Las emisoras de radios y muchos periodistas difunden lo que ocurre en unos campos de juego en los que las reglas sobre la reducción del gasto eléctrico, de calefacción y las propuestas para introducir cierta eficiencia energética son desconocidas. ¿Por qué se desaprovechan tantas horas del día y sólo cuando domina el entorno oscuro se enciende la luz de la competición? Y qué decir de la consideración a los horarios. Parece ser que los partidos de fútbol se suceden sin solución de continuidad, despreciando la necesidad de que conviene que las personas lleguen descansadas a su puesto de trabajo para rendir con plenitud en estos momentos de crisis en que hemos de esforzarnos más.

Mucha atención reclama también el fútbol profesional fuera del ámbito de la competición deportiva. Hace unos días, la Comisión europea publicó un estudio en el que alertaba del desequilibrio entre las cifras bien abultadas y orondas del negocio de traspaso de futbolistas y la insignificante repercusión en el deporte de los equipos modestos y de aficionados. Sólo un dos por ciento de los más de tres mil millones de euros, que han circulado con esos contratos en los últimos años, ha podido llegar -según este estudio- a los clubes modestos.

Como sabemos, no es la primera vez que las instituciones europeas dirigen su mirada hacia los equipos españoles. A finales del año pasado se confirmó la apertura de expedientes de investigación por posible incumplimiento de la normativa de ayudas públicas. Se están analizando varios aspectos, como la dispensa a favor de algunos clubes de no convertirse en sociedades anónimas, o los convenios públicos que han conducido a la recalificación de terrenos y a beneficiosas actuaciones urbanísticas, generando renglones sospechosos en unas cuentas poco claras, que además implican una competencia desigual con otros clubes europeos.

Lejos quedan los intentos de aclarar la economía de los clubes de fútbol. Casi no hay memoria de los impulsos de reforma de la Ley del deporte desde los años noventa. Mucho tiempo ha pasado y podría decirse en términos deportivos que el partido de la claridad se ha perdido por una bochornosa goleada.

Quizás convenga recordar cómo se ha malogrado esa aspiración reformadora de vestir a unos clubes deportivos con el traje de la precisión jurídica y contable que puede ofrecer una sociedad mercantil. Rememoremos ahora sólo algunos datos: fracasaron las campañas para que los aficionados apoyaran a los clubes comprando sus acciones; algunos Ayuntamientos decidieron participar en esas operaciones económicas, estirando la interpretación de sus competencias y el mismo concepto de qué debe entenderse por servicios públicos locales. Se modificaron planes de ordenación urbana, se aprobaron convenios y actuaciones urbanísticas muy discutidas, en una época en la que la estrella de los partidos era la especulación inmobiliaria. Se realizaron generosas valoraciones de los bienes de los clubes para avalar préstamos; o se negociaron deudas municipales, lo que ha llevado a que alguna Comunidad autónoma sea propietaria de clubes que, incluso, podrían competir entre sí. Se toleraron retrasos en los pagos a la Seguridad social, a la Agencia Tributaria… Y ello a pesar de que también se habían permitido sorprendentes reformas legales para singularizar el régimen impositivo de los deportistas abundando en el desigual sistema tributario español; o las millonarias retribuciones por los derechos de retransmisión televisiva. Y junto a voluminosas deudas tributarias otros ecos nos han traído noticias de grandes fraudes fiscales…

Sin embargo, no pasa nada. No hay gritos de indignación ni escraches. Parece que éstos sólo deben admitirse contra determinados políticos. Es más, en este ambiente de tanta contradicción y paradojas, se promueve el indulto de los responsables de equipos de fútbol que han sido condenados.

Pero no terminan ahí los goles que el negocio del fútbol ha encajado a las reglas del Derecho. También la Comisión europea, además de otras instituciones jurídicas y organizaciones deportivas, investiga los amaños de los resultados de los partidos de fútbol…

En fin, como en tantas ocasiones, Salvador de Madariaga tiene razón. En su libro “Ingleses, franceses y españoles” explica la dificultad del idioma español para encontrar una buena traducción a la conocida expresión inglesa “fair play”, algo así como juego limpio. Convengamos en que, en el negocio del fútbol profesional, hace falta una gran jabonadura de decencia para que reaparezca el juego limpio.

 

 

(Artículo publicado en el periódico Expansión el pasado 27 de marzo).

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